Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra Kammamuri querÃa añadir algunas palabras, quizás algún consejo, pero Tremal-Naik no le dio tiempo para ello.
—Si tienes miedo, vete. Yo y el tigre seguiremos.
—Te sigo, patrón, y que Siva nos proteja.
Agarró los remos, se sentó en medio de la barca y se puso a remar con todas sus fuerzas.
Tremal-Naik, cargada su carabina, se habÃa puesto a popa con los ojos fijos en las dos orillas; el tigre, ahora ya bastante tranquilo, se habÃa acurrucado a sus pies.
Pasaron diez minutos. Las orillas, que huÃan rápidamente ante los ojos de los dos indios, estaban cubiertas con bambúes que se sumergÃan en la corriente y por raras palmeras tara, en su mayor parte derribadas o destrozadas por la furia del huracán.
Súbitamente Tremal-Naik, que seguÃa atentamente el curso del rÃo, divisó al sur un cohete que se elevaba a gran altura. Aunque el viento continuaba rugiendo y el trueno retumbando, oyó claramente el estallido.
—¡Una señal! —murmuró—. ¡Boga, boga, Kammamuri!
Un segundo cohete se elevó en la orilla opuesta.
El rÃo en aquel punto transcurrÃa más rápido, estrechándose como el cuello de una botella.