Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra —Despacio, Kammamuri. Presiento que corremos un peligro.
El maharata retuvo el golpear de la pagalla. La canoa continuó deslizándose por en medio de la cuenca, cubierta por una espesa bóveda de tamarindos y mangles. La oscuridad se hizo profundísima de manera que los indios no veían más allá de cinco pasos.
Pero oyeron una zambullida, como de un cuerpo que se hunde.
—¿Patrón, lo has oído? —preguntó Kammamuri.
—Sí, alguien se ha lanzado al agua.
Tremal-Naik se inclinó sobre el río para ver si alguien se aproximaba a la canoa, pero no distinguió nada.
—Alguien pasa —dijo una voz que llegó hasta los dos indios.
—¿Serán ellos?
—¿O los nuestros? La cita es para la medianoche.
—¡Hola! —gritó una de aquellas voces—. ¿Quién pasa?
—No respondas, patrón —se apresuró a decir Kammamuri.
—Por el contrario, contestaré. Es preciso que sepa todo —dijo Tremal-Naik. Después preguntó en voz alta: