Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra —Me pareció una mujer. Durante unos instantes me miró, después extendió perentoriamente un brazo indicándome que me alejara en el acto. Sorprendido y asustado obedecà aquel gesto, pero no habÃa dado aún cien pasos cuando un grito desgarrador hirió mis oÃdos. Reconocà en seguida aquel grito: procedÃa, sin duda, del fiel Hurti.
—¿Y la sombra? —inquirió Tremal-Naik mostrando extraordinaria agitación.
—Ni siquiera me volvà para comprobar si permanecÃa allà o habÃa desaparecido. Me lancé, con la carabina en la mano, a través de la jungla y llegué junto al gran banian, a cuyos pies, tendido de espaldas, vi al pobre Hurti. Lo llamé y no me contestó; le toqué y todavÃa estaba tibio, pero su corazón ¡habÃa dejado de latir!
—¿Dónde tenÃa la herida?
—No vi que tuviera herida alguna.
—¡Es imposible! ¿Y no viste a nadie?
—A nadie, ni oà ningún rumor. Tuve miedo; me lancé al rÃo, lo crucé, perdiendo la carabina, y alcancé nuestra jungla. Me parece haber hecho seis millas sin respirar, tal era mi espanto. ¡Pobre Hurti!