Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra —DelatarÃa nuestra presencia, y yo quiero desembarcar sin ser visto ni oÃdo. Adiós, Aghur.
Se colocó la carabina en bandolera y llegó donde estaba Kammamuri, que lo esperaba cerca de un pequeño gonga, rudimentaria y pesada embarcación hecha con el tronco de un árbol.
Se embarcaron y alejaron mientras una oscuridad profunda, densa por la niebla pestilente que se estancaba en los canales, islas e islotes, ocultaba las sunderbunds y la corriente del Mangal.
En todas partes reinaba un silencio fúnebre, misterioso. Tremal-Naik, tumbado en la popa empuñando el fusil, callaba y mantenÃa los ojos bien abiertos, mirando hacia una u otra orilla, donde se oÃan roncos bramidos y silbidos lastimeros. Kammamuri, sentado en medio de la embarcación, la hacÃa avanzar a golpes de remo, hasta que media hora después llegaron a una amplia extensión de agua, dividida en dos por una punta de tierra en la que se vislumbraba un enorme árbol.
—¡El banian! —exclamó Tremal-Naik—. Deja los remos, Kammamuri, que nos arrastre la corriente.
El gonga fue a embarrancarse a menos de un centenar de pasos del banian, en la parte septentrional de la isla Raimangal, en la que habÃan matado al pobre Hurti.