Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra Negapatnan no esperó más. Silbó su lazo por el aire y se arrolló tan fuertemente alrededor del cuello del cipayo que éste cayó al suelo sin emitir un lamento. Agitó por algunos instantes los brazos y luego se quedó rígido. Estaba muerto.
—Que la diosa Kalí tenga su sangre —dijo el fanático deshaciendo el lazo.
—Apresurémonos antes de que descienda otro.
Asaltaron nuevamente la tronera y rompieron la cuarta barra.
—Está bien. Ahora átame sólidamente y amordázame —ordenó Tremal-Naik.
Se tendió en el suelo cerca del cadáver del cipayo y Negapatnan lo ató y amordazó.
—Eres un valiente —dijo el thug—. Si un día tienes necesidad de un amigo fiel, acuérdate de mí. Adiós.
Después de haberse armado con las pistolas del cipayo, se lanzó a la tronera, se subió a ella y desapareció.
Apenas habían transcurrido diez segundos cuando se oyó un disparo de fusil y una voz gritó:
—¡Alarma! ¡Un hombre huye!