Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra —¿No se darán cuenta de que me has ayudado a huir?
—No se darán cuenta de nada.
Desató las ligaduras del prisionero y ambos la emprendieron vigorosamente con los hierros, intentando no hacer ruido.
Se habÃan deshecho ya de tres barras y no les quedaba más que una, cuando Tremal-Naik advirtió un roce de pasos en la escalera.
—¡Detente! —dijo rápidamente—. Alguien baja.
Tremal-Naik desató el lazo que llevaba alrededor de su cuerpo, escondido en el dubgah, y se lo alargó a Negapatnan.
—Ponte cerca de la puerta —le dijo, sacando su puñal—. Al primero que aparezca, mátalo.
Negapatnan obedeció, tomando el lazo con la derecha. Tremal-Naik se puso frente a él, detrás de la jamba de la puerta, con el puñal alzado. El rumor de pasos se iba aproximando. De repente una luz aclaró la escalera y apareció un cipayo con una cimitarra desenvainada.
—¡Saranguy! —llamó.
—Baja —dijo Tremal-Naik—. No se ve nada.
—Está bien —respondió el cipayo y cruzó el umbral de la bodega.