Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra Al verlo, Tremal-Naik no supo reprimir una sensación de repugnancia.
Aquel miserable indio, aquella víctima del fanatismo religioso y de la superstición, daba ciertamente horror.
Más que un hombre era un esqueleto. Su rostro apergaminado, enmarcado por una barba espesa, descuidada, que le llegaba por debajo de la cintura, estaba cubierto por extraños tatuajes rojos y negros, que representaban en su mayor parte, más o menos bien, serpientes, mientras la frente estaba embadurnada de ceniza. Sus largos cabellos, que posiblemente jamás habían conocido el uso del peine y las tijeras, formaban una especie de crin, en la que pululaba un montón de insectos.
El cuerpo, espantosamente delgado, estaba casi desnudo, cubierto sólo en sus costados por una pequeña faja, de una anchura de cuatro dedos escasos.
Lo que producía repugnancia era sobre todo su brazo izquierdo. El tal brazo, reducido a piel y hueso, permanecía constantemente elevado, y ya no lo podía bajar, puesto que estaba disecado y anquilosado.
En la mano, estrechamente atada con correas y cerrada en forma que constituía una especie de recipiente, el fanático había colocado tierra y había plantado un pequeño mirto sagrado, que poco a poco había crecido como en un tiesto.