Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra Aquellas llamitas, encendidas en nueces de coco y abandonadas por centenares en la corriente, describían líneas caprichosas, volviéndose de un lado para otro; y las mujeres indias, agrupadas en las orillas del río sagrado, las observaban con atención y ansiedad. Cuando un grupo de ellas tocaba felizmente la orilla opuesta era señal de buen augurio y del retorno próximo del marinero que navegaba por el océano Indico, lo que provocaba gritos de alegría en los grupos que esperaban, y la afortunada mujer que había visto llegar a buen destino sus lamparillas podía volverse tranquila a su vivienda, segura de la protección de su divinidad.
La chalupa, que descendía por la corriente con la rapidez de una flecha bajo el poderoso impulso de seis remos, viró bruscamente hacia la orilla izquierda y fue a parar ante una pequeña escalinata ya casi en ruinas, que estaba situada frente a una vieja pagoda.
—Seguidme —dijo el viejo thug.
Fue amarrada la chalupa y todos desembarcaron y subieron a la escalinata.
Ante la pagoda, Tremal-Naik descubrió al faquir del brazo anquilosado. Estaba sentado en el último escalón y había cubierto su delgado cuerpo con un amplio dubgah de color oscuro.
—Buenas noches, Nimpor —saludó el viejo thug—. Estaba seguro de que te encontraría aquí.