Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra —¿Y la puerta de hierro?
—A estas horas la habrán hecho saltar con una mina.
—¿Qué quieres intentar?
—Todos somos buenos nadadores. Sumerjámonos y nademos bajo el agua, intentando llegar a la orilla opuesta.
—Si los hombres de las chalupas nos descubren la emprenderán a tiros con nosotros.
—Ya lo sé, pero yo de todas formas lo intentaré. El rÃo arrastra siempre cadáveres, troncos de árboles, urnas funerarias; por consiguiente, no es fácil descubrirnos. ¡Al agua!
No cabÃa la vacilación. Dentro de pocos instantes los soldados que les perseguÃan a través de los túneles, derribando todos los obstáculos con las minas, llegarÃan a aquel último refugio y les harÃan prisioneros. Hicieron una buena provisión de aire y luego se sumergieron abandonando la galerÃa.
Tremal-Naik, en lugar de atravesar el rÃo en lÃnea recta, se dejó transportar por la corriente con el fin de no chocar contra las tres chalupas que estaban fondeadas a trescientos pasos de la orilla, nadando con extraordinario vigor y manteniéndose sumergido el mayor tiempo posible.