Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra Hider, muy satisfecho, se frotó alegremente las manos y, una vez vuelto a popa, descendió la escala de puntillas.
Cuando llegó ante el camarote del comandante arrimó la oreja a la puerta y oyó un sonoro ronquido. Giró la manija, abrió y entró, después de haber sacado de su cinturón un puñal para defenderse si era necesario.
El capitán se había bebido casi toda la botella de limonada y dormía profundamente.
Hider salió de la cabina y descendió a la bodega. Tremal-Naik y sus compañeros le esperaban empuñando los revólveres.
—¿Y bien? —preguntó el cazador de serpientes, poniéndose en pie.
—Las máquinas ya son nuestras y el capitán ha bebido el narcótico —respondió Hider.
—¿Y la tripulación?
—Está toda en cubierta y sin armas.
—Subamos.
—Despacio, compañeros. Necesitamos coger a los marineros entre dos fuegos, para impedir que se hagan fuertes bajo el castillo de proa. Tú, Tremal-Naik, quédate aquí con cinco hombres, mientras yo con los otros restantes llego a la cámara común. Al primer disparo, subid al puente.
—De acuerdo.