Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra —PermÃtame, sir Kuthingon, que encienda la pipa —dijo el contramaestre al inglés—. Arriba sopla un viento que apaga el fuego.
—Con placer —respondió el oficial.
Se alzó para retroceder. En aquel mismo instante el estrangulador lo agarró por la garganta tan fuertemente que le impidió emitir el grito más leve; luego con una sacudida vigorosa lo arrojó sobre la mesa.
—Estáte callado y nadie te hará daño —dijo Hider.
Los afiliados, a una señal suya, lo ataron y amordazaron, para arrastrarlo hasta ponerlo detrás de un gran montón de carbón.
—Que nadie lo toque —dijo Hider—. Y ahora vamos a ver si el capitán ha bebido el narcótico.
—¿Y nosotros? —preguntaron los afiliados.
—No os moveréis de aquà bajo pena de muerte.
—Está bien.
Hider encendió tranquilamente su pipa y subió la escala.
La cañonera navegaba ahora entre dos orillas completamente desiertas y su espolón hendÃa grupos de vegetales flotantes.
Los marineros estaban todos en cubierta y miraban distraÃdamente la corriente, charlando o fumando. El oficial de cuarto paseaba por el puente de mando charlando con el maestro armero.