Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra La cañonera volaba como un pájaro. Torrentes de humo negro mezclado con escorias surgÃan furiosamente de la chimenea demasiado estrecha; el vapor silbaba, rugÃa, soplaba dentro de su caparazón de hierro, y la hélice giraba con tal furia que el casco se estremecÃa de proa a popa y el agua saltaba espumeando hasta las bordas.
—¡Lanza la corredera! —gritó Hider.
—Quince nudos y cinco décimas —gritó, unos minutos después, un marinero.
—Corremos como uno de los más rápidos cazadores del mar —dijo el contramaestre.
—¿Alcanzaremos a la fragata? —preguntó Tremal-Naik.
—Asà lo espero.
—¿En el rÃo?
—En el mar. Sólo hay ciento veinticinco kilómetros entre Calcuta y el golfo.
—¿A cuánto navega la fragata?
—A seis millas por hora, con el mar tranquilo. Es demasiado vieja y va muy hundida de popa.
La cañonera continuaba devorando las distancias, hendiendo las aguas del rÃo con la irresistible potencia de un cetáceo.