Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra A las cuatro de la madrugada pasaba ante Diamond-Harbour, un pequeño puerto situado cerca de la desembocadura del Hugli, donde los vapores reciben los últimos despachos. No habÃa allà más que una casita blanca, rodeada por seis cocoteros. Ante ella se erguÃa el mástil de señales, en cuya cima ondeaba la bandera inglesa.
De repente las orillas del rÃo se ensancharon considerablemente y comenzaron a bajar casi hasta el nivel del agua. En lontananza se divisó la gran isla de Sangor, que señala el confÃn entre el agua del rÃo y la del mar.
—¡El mar! —gritó el marinero instalado en la cruceta del mástil mayor.
Tremal-Naik, arrancado bruscamente de sus meditaciones, se lanzó a proa, mientras los marineros trepaban a las jarcias y a los flechastes. Todas las miradas se volvieron hacia las sandheads (cabezas de arena), inmensos bancos peligrosÃsimos proyectados por el Ganges en el golfo de Bengala.
Ningún barco aparecÃa en la lÃnea del horizonte, ni tampoco a este lado de la isla Sangor; ninguna luz brillaba en la semioscuridad.
Un grito de rabia salió de los labios de Tremal-Naik.
—¡Gaviero! —gritó el indio que se encontraba en la cruceta del mástil, con un anteojo apuntado.
—¡Capitán!