Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra —¿Se ve la fragata?
—TodavÃa no.
—Udaipur, fuerza la marcha.
—Tenemos la máxima presión —observó el maquinista.
—¡A seis atmósferas! —gritó Hider, que se mordÃa la barba—. Cuatro hombres de refuerzo para las calderas.
—Saltaremos por los aires —refunfuñó Udaipur.
Cuatro indios bajaron a la sala de máquinas. Los hornos quedaron rellenos de carbón.
La cañonera ya no corrÃa; saltaba sobre las olas azules del golfo, silbando y estremeciéndose. Un calor tórrido subÃa de la bodega y un humo negrÃsimo salÃa furiosamente por el tubo de la chimenea.
—¡Derecho a la isla Raimatla! —gritó Hider al timonel.
La distancia que les separaba de la isla desaparecÃa rápidamente. Todos los indios se habÃan subido a las embarcaciones suspendidas de las grúas o a las jarcias o a los flechastes del mástil y escrutaban el horizonte.
En el puente reinaba un silencio absoluto, roto solamente por las terribles pulsaciones de la máquina y los silbidos del vapor que salÃa por las válvulas.