Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra —¡Barco a proa! —gritó de repente el gaviero.
Tremal-Naik experimentó un estremecimiento, como si hubiera sido tocado por una pila eléctrica.
—¿Dónde? —gritó.
—Al Sur.
—¡La fragata! ¡La fragata! —gritaron los indios.
Tremal-Naik, presa de una indescriptible emoción, lanzó un grito de triunfo.
—¿A dónde va? —preguntó con voz trémula—. Observa bien.
—Siempre al este. Rodea la isla por el exterior, temiendo quizás no encontrar bastante agua en el canal.
—Maniobra de forma que vayamos a su encuentro —ordenó Tremal-Naik.
Tremal-Naik abandonó el puente de mando y descendió a la cámara de popa; Hider se colocó al timón.
La cañonera, que navegaba a velocidad tres veces mayor que la fragata, no empleó mucho tiempo en contornear la isla.
A las diez de la mañana salía del canal formado por Raimatla y las tierras próximas, escondiéndose detrás de la punta extrema de un islote desierto que surge frente a Jamera. Con una sola mirada Hider se aseguró de que la embarcación enemiga estaba aún lejos.