Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra —¿Por qué has venido, desdichado, a remover en mi corazón una vana esperanza? ¿No sabes que este lugar es maldito, está prohibido sobre todo a quien amo?
—¿Entonces es cierto que me amas? ¿Es cierto que venÃas cada tarde detrás de la musenda porque me amabas? —preguntó Tremal-Naik—. ¿Qué importa que sea un lugar maldito? Yo soy fuerte, tan fuerte que por ti derribarÃa este templo y destrozarÃa ese horrible monstruo ante el cual viertes perfumes.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo vi anoche.
—¿Estabas aquà anoche?
—SÃ, estaba aquÃ, o, mejor dicho, allà arriba, agarrado a aquella lámpara, precisamente sobre su cabeza.
—Pero, ¿quién te trajo al templo?
—La suerte, o, para ser más precisos, el lazo de los hombres que habitan esta tierra maldita.
—¿Te han visto?
—Me han perseguido.
—¡Ah! ¡Estás perdido, desdichado! —exclamó la muchacha con desesperación.
Tremal-Naik se lanzó a su encuentro.