Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra Silencio de nuevo. Entonces se agarró a los pies de la gigantesca estatua, subió a sus brazos, trepó hasta apoyar los pies en su cabeza y cogió la lámpara, agitándola furiosamente.
Resonó en la pagoda una carcajada.
—¡Ah! —exclamó Tremal-Naik, que se sentía invadido por la cólera—. Alguien ríe ahí arriba. ¡Espera!
Reunió sus fuerzas hercúleas y con un tirón irresistible rompió la cuerda. La lámpara cayó al suelo con un gran estruendo que repitieron los ecos del templo.
Resonó otra carcajada. Tremal-Naik bajó rápidamente de la estatua, escondiéndose detrás.
Justo a tiempo. Se abrió una puerta y apareció en el umbral un indio alto y delgado, ricamente vestido, con un puñal en una mano y una antorcha resinosa en la otra.
Aquel hombre era el cruel Suyodhana: un júbilo infernal iluminaba su cara del color del bronce y en sus ojos brillaba una luz siniestra.