Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra Kammamuri estaba observando todavía al desdichado (cuyo final, a decir verdad, le importaba muy poco) cuando un ligero crujido de bambúes lo puso en guardia. Se agachó rápidamente y se tumbó entre las hierbas, permaneciendo inmóvil como el cadáver que tenía al lado.
Si no le habían visto todavía podía escapar a la mirada de los que habían movido los bambúes, pues las cañas eran altas.
El crujido había cesado casi en seguida, pero no había que fiarse. Los indios son pacientes como los pieles rojas de América y espían a la presa durante horas e incluso días, y Kammamuri, indio también, lo sabía.
Permaneció inmóvil bastante tiempo y después se atrevió a levantar la cabeza y mirar a su alrededor.
Inmediatamente se oyó un silbido y sintió que un lazo, que una mano hábil le había echado alrededor del cuello, le estrangulaba.
Contuvo el grito que iba a salirle de los labios y agarró fuertemente la cuerda, evitando así que lo estrangulase. Después se dejó caer de nuevo entre la hierba, retorciéndose como un agonizante.
La estratagema dio resultado.