Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra El estrangulador que se mantenía escondido detrás de un grupo de cañas de azúcar salvaje, creyendo que la víctima iba a morir, salió de su escondrijo para rematarla a puñaladas. Pero Kammamuri, que mientras se agitaba había sacado una de sus dos pistolas y la había armado, la apuntó contra el atacante.
Una llamarada y una detonación: el estrangulador se tambaleó, se llevó las manos al pecho y cayó entre las hierbas.
Kammamuri se le echó encima con la segunda pistola.
—¿Dónde está Tremal-Naik? —le preguntó.
El estrangulador intentó incorporarse, pero volvió a caer. Le salió de la boca un chorro de sangre; abrió mucho los ojos, lanzó un gemido y quedó paralizado: estaba muerto.
—¡Escapemos! —murmuró el maharata—. Dentro de poco tendré detrás de mí a sus compañeros.
Se puso en pie y se dio a una precipitada fuga por el mismo sitio por donde había llegado, convencido de que el muerto era el indio que le había precedido y Tremal-Naik había conseguido salvarse.