Los Misterios de la jungla negra
Los Misterios de la jungla negra Recorrió corriendo más de una milla, internándose cada vez más en la jungla y procurando mantener una misma dirección en todo momento para llegar a la orilla del rÃo y allà esperar la vuelta del amo, al que no querÃa abandonar. Era medianoche cuando se encontró en el lindero de un bosque de cocoteros, soberbias plantas que superan en belleza a las palmeras y una sola de las cuales basta para proporcionar alimento, bebida e incluso vestido para toda una familia.
El maharata no se atrevió a avanzar más; trepó a una de aquellas plantas y estableció allà arriba su domicilio, seguro de que no le asaltarÃan los indios y menos todavÃa los tigres, de los que debÃa haber muchos en la isla.
Se acomodó allà arriba, se ató con la cuerda que le habÃa cogido al estrangulador y, tranquilizado por el profundo silencio que reinaba, cerró los ojos.
No durmió más que unas horas, pues le despertó un estruendo infernal. Un numeroso grupo de chacales, salido de quién sabe donde, habÃa rodeado el árbol y le honraba con una terrible serenata. Aquellos animales, bastante parecidos a los lobos, que pululan como hormigas en casi toda la India y cuyas mordeduras se consideran venenosas, daban saltos desesperados contra el árbol con aullidos que atemorizaban hasta a los que estaban acostumbrados a oÃrlos.