Los Tigres de la Malasia
Los Tigres de la Malasia ¿Cómo pudo realizar la prueba el coronel, si todavía una hora después de terminada la ceremonia estaban tan calientes las piedras, que ardieron en el acto varias raíces de una madera muy dura que echaron sobre aquel ara? El inglés no ha sabido explicárselo.
Contó que había experimentado en todo el cuerpo gran calor, y en los pies, algo parecido a ligeras sacudidas eléctricas, pero nada más, y que esas sacudidas le duraron unas siete u ocho horas consecutivas. En cambio, la piel de los pies no tenía señal alguna de la más pequeña quemadura.
En Nueva Zelanda son más terribles las pruebas de fuego, y se dice que tan sólo los individuos de ciertas familias pertenecientes a ciertas castas tienen el privilegio de poder resistirlas.
En esa región no se reduce la cosa a pasear por encima de unas cuantas piedras, sino que el paseo se realiza dentro de un horno de forma redonda, de diez metros de diámetro, y en el cual hay que permanecer de veinte a treinta segundos.
Es tan elevada la temperatura dentro de dichos hornos, que una vez a cierto viajero que quiso medirla se le fundió el recipiente de metal del termómetro, vertiéndosele todo el mercurio. ¡El instrumento señalaba 200 grados!