Los Tigres de la Malasia

Los Tigres de la Malasia

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-Sí, señor Yáñez. Mi amo me había encargado que me llegase hasta la orilla de la bahía para conducirlo por el río.

-Estaba seguro de que no dudaríamos en correr en su socorro; ¿verdad?

-No lo dudaba, señor. -¿Dónde te sorprendieron? -En los islotes. -¿Cuándo? -Hace dos días. Unos hombres que habían trabajado en las plantaciones me reconocieron enseguida y me asaltaron en mi canoa, haciéndome prisionero. Debieron pensar que Tremal-Naik me enviaba a la costa en espera de algún socorro, porque me interrogaron largamente, amenazándome con cortarme la cabeza si no les revelaba el motivo de mi estancia en aquellos lugares. Como me negué a contestar, aquellos miserables me arrojaron en un pozo que estaba próximo a un hormiguero, me ataron bien, y me hicieron varias incisiones para que saliese sangre.

-¡Ladrones!

-Ya sabe usted, señor Yáñez, qué voraces son las hormigas blancas. Atraídas por el olor de la sangre, no tardaron en venir sobre mí por batallones, y comenzaron a devorarme vivo poquito a poco.

-¡Un suplicio digno de salvajes!


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