Los Tigres de la Malasia
Los Tigres de la Malasia Los marineros, haciendo un poderoso esfuerzo con el cabrestante, arrancaron las anclas del fondo, y los gavieros orientaron las velas y los foques del bauprés. Tangusa, que no había dejado la toldilla, se puso al timón, por ser el único que conocía la embocadura del Kabataun.
-Condúcenos tan sólo hasta dentro del río, mi valiente muchacho- le había dicho Yáñez-; después regiremos nosotros el Mariana y te irás a descansar.
-¡Oh! Ya no soy un niño, señor- contestó el mestizo-, para tener necesidad inmediata de descanso. El bálsamo prodigioso con que Kibatang untó mis heridas me ha calmado las dolores.
-¡Ah!- exclamó Yáñez, mientras que el Mariana , rodeando prudentemente el banco, avanzaba hacia el río-. No me has dicho todavía cómo has caído en manos de los dayakos ni por qué te han martirizado.
-No me dejaron tiempo esos bribones para concluir de contarle a usted mi triste aventura- respondió el mestizo haciendo un esfuerzo para sonreír.
-¿Venías del kampong de Tremal-Naik cuando te pillaron?