Los Tigres de la Malasia
Los Tigres de la Malasia Ya se habían oído ciertos golpeteos del agua bajo la proa, señal evidente de que la crecida de la marea tendía a suspender la embarcación.
Doce hombres se precipitaron a la cuerda, mientras otros tantos se echaron a los cables que sujetaban las anclas para que el esfuerzo fuese mayor: los primeros habían comenzado ya a hacer girar las aspas de los molinetes.
Al cabo de cuatro o cinco vueltas de las aspas del cabrestante, el Mariana vaciló sobre el banco en que se apoyaba, virando lentamente hacia estribor a impulsos del viento que henchía con fuerza las dos inmensas velas.
-¡Ya estamos libres!- gritó Yáñez con voz alegre-. Probablemente, hubiera bastado la marea para sacarnos de aquí. ¡Qué sorpresa tan agradable va a tener el piloto cuando despierte! ¡Recoged las anclas, izad las velas, y en marcha hacia adelante en dirección del río!
-¿Embocamos el río, sin esperar al día?- preguntó Sambigliong.
-Me ha dicho Tangusa que es ancho y profundo y que no tiene bancos- respondió Yáñez-. Prefiero atravesar ahora sin luz y sorprender a los dayakos, que seguramente no nos esperarán tan pronto.