Los Tigres de la Malasia
Los Tigres de la Malasia Multitud de islas, entre ellas una muy grande, la defendían de los vientos de Poniente. La bahía hallábase rodeada de escolleras coralíferas y de bancos cubiertos de vegetación muy espesa y de color verde intenso.
El Mariana había encallado en uno de aquellos bancos ocultos por las aguas, que entonces comenzaba a verse por efecto de la baja marea.
La rueda de proa se había encajado profundamente, haciendo imposible ponerlo a flote con sólo el medio de lanzar el ancla a popa y halar la cuerda.
-¡Perro de piloto! exclamó Yáñez después de haber observado con atención el bajo-. ¡No saldremos de aquí antes de medianoche! ¿Qué me dice usted, Sambigliong?
Un malayo de cara arrugada y cabellos encanecidos, pero que, sin embargo, parecía muy robusto, se había acercado al europeo.
-Digo, señor Yáñez, que sin la ayuda de la pleamar, son inútiles todas las maniobras.
-¿Tienes confianza en ese piloto?
-No sé qué decirle, capitán- respondió el malayo-, pues no lo he visto nunca. Pero...
-Continúa- dijo Yáñez.
