Los Tigres de la Malasia
Los Tigres de la Malasia No era aquel un sueño regular. La respiración no se le oía apenas; tan poco, que se podría creer muerto al malayo: además, estaba amarillo, que es la palidez de la raza.
Yáñez, a quien Sambigliong había dicho lo que debía hacer para despertar al piloto, frotó vigorosamente las sienes y el pecho del dormido; después le levantó los brazos, replegándoselos violentamente hacia atrás para dilatarle los pulmones, ejecutando esta operación varias veces.
Al cabo de nueve o diez sacudidas abrió los ojos el malayo y los fijó llenos de terror en el portugués.
-¿Cómo te encuentras, amigo?- le preguntó Yáñez con acento ligeramente irónico.
El piloto seguía mirándolo sin decir palabra, y pasándose y repasándose una mano por la frente sudorosa. Parecía que hacía esfuerzos para coordinar las ideas, y, a medida que la memoria adquiría su imperio, su rostro se tornaba más pálido y una expresión de angustia se retrataba en sus facciones.
-¡Vamos!- dijo Yáñez-. ¿Podremos saber cuándo vas a contestarnos?
-¿Qué es lo que ha sucedido, señor?- preguntó por fin Podada-. No acierto a explicarme cómo me he dormido tan repentinamente después del apretón que me dio el contramaestre.