Los Tigres de la Malasia
Los Tigres de la Malasia -¡Parece imposible que hayan desaparecido!- dijo Yáñez, a quien le parecía inexplicable aquella imprevista tregua después del encarnizamiento demostrado-. ¿Habrán renunciado a atormentarnos en vista de la batida que han llevado?
-¡Hum!- hizo el piloto-. Si el peregrino ha jurado la perdición de todos ustedes, me parece que hará lo posible por conseguirlo y por cortarles la cabeza.
-Pon la tuya también en el número- dijo el portugués-. Volvámonos a bordo y esperemos a la noche.
El retorno lo realizaron sin incidente de ninguna especie, afirmándose cada vez más en la suposición de que los dayakos todavía no habían podido reunirse en aquellos lugares.
Apenas se ocultó el sol, dispuso Yáñez rápidamente los preparativos para la marcha. A bordo había aún treinta y seis hombres, incluyendo a los heridos.
Escogió quince tan sólo, pues no quería mermar demasiado la tripulación, que podría verse acometida durante su ausencia, y cerca de las nueve de la noche, después de haber recomendado a Sambigliong que ejerciese la más activa vigilancia para que no lo tomasen de sorpresa, volvió a saltar en tierra con Tangusa, el piloto y la escolta.