Los Tigres de Mompracem

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En lugar de contestar a sus preguntas, Sandokán lo miró en silencio durante un rato, con mirada torva.

—¿Ignoras todavía —dijo finalmente— que de los cincuenta tigrecitos que llevaba contra Labuán no sobrevive más que Giro Batol? ¿No sabes que todos perecieron en las costas de la isla maldita, que yo también caí gravemente herido sobre la cubierta de un crucero, y que mis barcos reposan en el fondo del mar de la Malasia?

—¡Vencido tú! ¡Es imposible!

—¡Sí, Yáñez, fui vencido y herido! ¡Mis hombres murieron y yo regreso mortalmente enfermo!

Vació una tras otra tres copas de whisky. En seguida, con voz quebrada, gestos violentos e imprecaciones, contó cuanto le había sucedido en Labuán.

Pero cuando llegó el momento de hablar de la Perla de Labuán, desapareció toda su ira. Su voz adquirió un timbre dulce, melancólico. Habló de ella, de sus cabellos, de sus ojos, de su voz angelical que de modo tan extraño hiciera vibrar las fibras de su corazón. Pintó con acento apasionado los momentos pasados junto a la mujer amada, durante los cuales se olvidó de Mompracem.


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