Los Tigres de Mompracem

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XIV. Amor y embriaguez

Así que llegó a lo alto de la roca, Sandokán se detuvo y miró a lo lejos, muy a lo lejos, en dirección del Este, hacia Labuán.

—¡Gran Dios! —murmuró—. ¡Qué distancia tan grande me separa de esa criatura amada! ¿Qué hará a estas horas? ¿Me llorará por muerto o prisionero?

De sus labios escapó un gemido sordo. Aspiró el aire de la noche y se acercó lentamente a la casa, en la cual, a pesar de la hora, había luz en una habitación.

—¡Yáñez! —dijo sonriendo con tristeza—. ¿Qué dirá cuando sepa que el Tigre de la Malasia vuelve vencido y hechizado?

Abrió con suavidad la puerta, sin que lo oyera Yáñez, que estaba sentado ante una mesa, con la cabeza entre las manos.

—¡Bueno, hermano! —dijo al cabo de un instante—. ¿Te has olvidado del Tigre de la Malasia?

No había concluido de pronunciar estas palabras cuando Yáñez se había lanzado a sus brazos.

—¿Tú? ¿Tú, Sandokán? ¡Ya te creía perdido para siempre!

—No, ya ves que he vuelto.

—Pero, ¿dónde estuviste todos estos días? Hace cuatro semanas que te espero lleno de angustia y de ansiedad. ¿Saqueaste el sultanato de Varauni, o te ha hechizado la Perla de Labuán?


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