Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¡No importa si es inglesa o no! Todos te ayudaremos para que puedas hacerla tu mujer y para que vuelvas a ser feliz. Puedes seguir siendo el Tigre de la Malasia aunque te cases con la muchacha de los cabellos de oro. Sandokán se arrojó entre los brazos de Yáñez. Ahora dime qué piensas hacer —dijo el portugués.
—Irme lo más pronto posible a Labuán y robar a Mariana.
—Tienes razón. Si el lord sabe que escapaste y que estás en Mompracem, puede marcharse por miedo a que regreses. Es preciso actuar rápido o perderemos la partida. Ahora vete a dormir, necesitas reposo. Déjame a mà el cuidado de prepararlo todo. Mañana estará dispuesta la expedición para zarpar enseguida.
El portugués abandonó la habitación y descendió con lentitud la escalera.
Al quedarse solo, Sandokán volvió a sentarse ante la mesa y empezó a destapar botellas de whisky. SentÃa la necesidad de aturdirse para olvidar, al menos por algunas horas, a la joven que lo habÃa hechizado. Vaciaba las copas con rabia.
—¡Si pudiera dormirme y despertar en Labuán! ¡Mariana sola en Labuán! Los celos me matan... ¡Quizás mientras yo estoy aquà la corteja el baronet!
Se levantó presa de violento furor y empezó a pasearse como un loco, volcando sillas, rompiendo botellas y cristales.