Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Cuando despertó estaba tendido en una otomana, adonde lo habÃan transportado los malayos que tenÃa a su servicio.
—¡No puedo haber soñado! —murmuró—. Estaba borracho y me sentÃa feliz. Pero ahora vuelve a arder el fuego en mi corazón. ¡Qué pasión tan inmensa ha invadido el alma del Tigre de la Malasia!
Se quitó el traje del sargento Willis, se puso otro adornado de oro y perlas, se cubrió la cabeza con un magnÃfico turbante coronado por un hermoso zafiro del tamaño de una nuez, pasó entre los pliegues de la faja un nuevo kriss y una nueva cimitarra, y salió.
Recorrió con sus ojos de águila la extensión del mar y miró los pies de la roca. Dispuestos a zarpar habÃa tres paraos, con sus grandes velas desplegadas. En la playa los piratas iban y venÃan, ocupados en embarcar armas, municiones y cañones. En medio de ellos, vio a Yáñez.
—¡Mientras yo dormÃa, él preparaba la expedición! —murmuró.
Bajó la escalera y se dirigió a la aldea. Apenas los piratas lo vieron, resonó un grito:
—¡Viva el Tigre! ¡Viva nuestro capitán!
Y rodearon al pirata con gritos de alegrÃa, y le besaban las manos, los vestidos y los pies, y casi lo ahogaron. Lloraban de contento al verlo vivo.
