Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem El dayako agarró el timón que le entregaba Sandokán.
—¿Qué hago, capitán?
—Por ahora mantener el parao a través del viento —dijo Sandokán—. Ten cuidado y no lo arrojes sobre los bancos.
Enseguida se volvió hacia los marineros. —Preparen la chalupa. Cuando la ola barra la cubierta, la sueltan y la dejan ir.
¿Qué pretendÃa el Tigre de la Malasia? ¿Intentar el desembarco en aquella chalupa, mÃsero juguete para las tremendas olas? Los hombres se miraron llenos de ansiedad, pero se apresuraron a obedecer. A fuerza de brazo izaron la chalupa sobre la borda, después de haber puesto dentro dos carabinas, municiones y vÃveres.
—¿Qué intentas hacer? —preguntó Yáñez.
—Saltar a tierra.
—Nos estrellaremos contra las peñas.
—¡No! Sube a la chalupa, Yáñez.
—¡Tú estás loco!
Sandokán lo empujó y lo hizo entrar en la chalupa; luego subió él de un salto. Una ola enorme penetró en la bahÃa rugiendo.
—¡Paranoa! —gritó—. Disponte a virar, dirÃgete al norte y ponte a la capa. En cuanto se haya calmado el mar, vuelve aquÃ. Yo voy a atracar.