Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem A corta distancia se vislumbraba confusamente la costa, contra la cual se estrellaba el mar con indecible furor.
—¡Atención! —gritó Sandokán a los piratas que maniobraban.
Empujó el parao hacia adelante con una temeridad que pondrÃa los pelos de punta a los más intrépidos lobos de mar, atravesó un paso estrecho entre dos rocas enormes y penetró en una pequeña bahÃa que, al parecer, terminaba en un rÃo.
La resaca era tan violenta dentro de aquel refugio, que el parao corrÃa grave peligro. Era cien veces más fácil desafiar la ira de los elementos en mar abierto que en ese sitio, barrido por las olas que se amontonaban unas sobre otras.
—No es posible intentar nada —dijo Yáñez—. Si nos acercamos el barco se irá al fondo hecho astillas.
Tú eres muy buen nadador, ¿no es cierto? —le preguntó Sandokán.
—Como nuestros malayos.
—¿No tienes miedo a las olas?
—No, no les temo.
—Entonces saltaremos a tierra.
—¿Qué quieres hacer?
En lugar de responder, Sandokán gritó:
—¡Paranoa, a la barra!