Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —Pero aun cuando estemos cerca de Labuán, ¿cómo atracar con semejante tiempo?
—¡Atracaremos, Yáñez, aunque se haga pedazos el barco!
En ese momento gritó un malayo desde lo alto:
—¡Tierra frente al asta de proa!
—¡Labuán! —gritó con alegrÃa Sandokán.
Atravesó el puente, pese a las olas que lo barrÃan, y poniéndose al timón lanzó el parao hacia el Este.
A medida que se acercaban a la costa el mar parecÃa redoblar su furia, como si quisiera impedir el desembarco.
Olas monstruosas saltaban en todas direcciones, y el viento extremaba su fuerza desde las alturas de la isla. Sandokán no cedÃa y, con la mirada vuelta hacia el Este, continuaba impávido su camino, aprovechando la luz de los relámpagos para orientarse.
Muy pronto estuvo cerca de la costa.
—¡Prudencia, Sandokán! —dijo a su lado Yáñez.
—¡No temas, hermano!
—Cuidado con las escolleras.
—Las sortearé.
—¿Dónde vas a encontrar refugio?
—¡Ya lo verás!