Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Un segundo cañonazo retumbó y otra bala pasó por el cordaje del parao.
Los piratas se precipitaron hacia los cañones, pero Sandokán los detuvo con un gesto.
No habÃa necesidad de combatir, pues el buque, a pesar suyo, tuvo que dejarse arrastrar hacia el norte. En muy pocos minutos se alejó lo suficiente para que su artillerÃa resultara inútil.
—¡Lástima que me encontrara en medio de esta tempestad! —dijo Sandokán—. ¡Lo hubiera asaltado, a pesar de su mole y de su tripulación!
—Ha sido mejor asÃ, Sandokán —dijo Yáñez.
—¡Que el diablo se lo lleve y lo hunda en los abismos!
—Qué harÃa en pleno mar mientras todos buscan refugio?
—¿Estaremos en las cercanÃas de Labuán? preguntó el portugués.
—Eso sospecho —repuso Sandokán—. ¿Ves algo delante de nosotros?
—Nada, excepto montañas de agua.
—Sin embargo, me late fuerte el corazón.
—El corazón suele equivocarse —sonrió Yáñez.
—Pero el mÃo no. ¡Mira!
—¿Qué ves?
—Un punto oscuro hacia el Este. Lo vi a la claridad de un relámpago.