Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Y el huracán seguía aumentando en intensidad. Se alzaban montañas de agua que, con rugidos espantosos, abrían profundos abismos que parecían tener por fondo las arenas del interior del océano. El viento bramaba agolpando las nubes, dentro de las cuales retumbaba el trueno incesantemente.
El parao se defendía con tesón. Daba bandazos tremendos, se enderezaba como un caballo encabritado, hundía la proa en el agua y había momentos en que caía de tal modo que parecía que no lograría recobrar la vertical.
Seguir luchando contra aquel mar era una locura. Había que dejarse conducir al Norte, como seguramente lo hicieron los otros dos paraos.
Yáñez, que comprendía la imprudencia de seguir en la ruta, pensó rogar a Sandokán que cambiara el rumbo, cuando resonó mar adentro una detonación y pasó silbando una bala por encima de la cubierta.
Un grito estalló a bordo ante una agresión que nadie esperaba en tan críticos momentos.
Sandokán se lanzó a proa.
—¡Todavía hay cruceros que vigilan! —exclamó. En efecto, el agresor era un gran buque inglés a vapor. ¿Qué hacía en pleno mar con aquel huracán?
—¡Viremos! —gritó Yáñez—. Ese barco sospecha que somos piratas y que nos dirigimos a Labuán.