Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Un relámpago deslumbrador rasgó las tinieblas; un trueno espantoso lo siguió.
Sandokán se levantó, extendió la mano hacia el Sur y dijo:
—¡Huracán, ven a luchar conmigo! ¡Te desafío! Atravesó el puente y se puso al timón, mientras los marineros aseguraban los cañones. Llegaban del Sur las primeras rachas de viento, empujando delante de sí montañas de agua.
El parao, con el velamen reducido, avanzaba como una flecha, haciendo frente a los elementos desencadenados y sin desviarse una línea de la ruta bajo la férrea mano de Sandokán.
A eso de las once se desató el huracán con toda su majestuosa fuerza. El mar se arrojaba con indescriptible ímpetu hacia el Norte, como si fuera una colosal catarata.
El parao danzaba desordenadamente, ya en las espumantes crestas de las olas, ya en el fondo de los movibles abismos. Pero Sandokán no cedía y guiaba el barco hacia Labuán. Sus hombres, asidos al cordaje, miraban impasibles los asaltos del mar, prontos a llevar a cabo la más peligrosa maniobra.