Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Tanta calma no podÃa durar mucho tiempo. Hacia las nueve de la noche el viento comenzó a soplar con violencia, señal segura de que alguna tempestad conmovÃa al océano.
Las tripulaciones saludaron con alegrÃa las rachas vigorosas de aire, sin mostrar miedo por el huracán que las amenazaba. Sólo el portugués se inquietó y quiso que se amainaran las velas, pero Sandokán no lo permitió, en su ansia por llegar a las costas enemigas.
Al caer la noche el viento redobló su violencia. Al ver el aspecto del cielo y del mar, otro navegante se habrÃa resguardado en la costa más próxima. Pero Sandokán sabÃa que estaba a menos de cien kilómetros de Labuán y ni siquiera pensó en tal posibilidad.
—Temo que este huracán nos envÃe a todos a beber en las profundidades del mar —dijo Yáñez.
—Nuestros barcos son muy sólidos.
—Pero me parece que el huracán que viene es de los peores.
—No le temo. Vayamos adelante, que Labuán no está lejos. ¿Distingues a los otros paraos?
—DirÃa que uno va hacia el Sur. Es tan grande la oscuridad que no se ve a más de cien metros.
—Si se extravÃan, ya sabrán encontrarnos.
—Pero pueden extraviarse para siempre, Sandokán.
—¡Pues yo no retrocedo!
—¡Entonces, ponte en guardia, hermano!