Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —No lo sé, Yáñez. ¿Quieres que la relegue para toda la vida en mi isla salvaje, en medio de mis tigres que no saben más que blandir el kriss y el hacha? ¿Quieres que ofrezca a su mirada horribles espectáculos de sangre y muerte, que la ensordezca con los gritos de los combatientes y el rugir de los cañones y la exponga a un constante peligro? ¿Qué harÃas tú en mi caso, Yáñez?
—Pero piensa en lo que será de Mompracem sin su Tigre de la Malasia. Contigo todavÃa puede hacer temblar a los hombres que han destruido tu familia y tu pueblo. Hay millares de malayos y de dayakos que esperan tu llamado para correr a engrosar las bandas de los tigres de Mompracem.
—En todo eso he pensado ya.
—¿Y qué te ha dicho el corazón? —¡Sentà que sangraba!
—Y sin embargo, ¿dejarás perecer tu poderÃo por esa mujer?
—¡La amo, Yáñez! ¡Quisiera no haber sido nunca el Tigre de la Malasia!
El pirata, conmovido, se sentó en la cureña de un cañón y hundió la cabeza entre sus manos.
En tanto los tres barcos navegaban hacia Oriente impulsados por una brisa tan ligera que la marcha se hacÃa cada vez más lenta.