Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —Dos hombres solos, aunque sean dos tigres de Mompracem, no pueden hacer frente a cincuenta fusiles. —¡Recurriremos a la astucia! Yo no vuelvo a mi isla sin Mariana.
Yáñez no contestó. Encendió un cigarro, se tendió en la hierba, que estaba casi seca bajo las enormes hojas del árbol, y cerró los ojos.
En cambio Sandokán se levantó y se fue a la playa. Trataba de orientarse y de reconocer la costa. Cuando regresó comenzaba a alborear. La lluvia había cesado y el viento rugía con menos fuerza.
—Ya sé donde estamos —dijo—. El riachuelo debe estar hacia el sur, y no muy lejos.
—¿Quieres que vayamos a ver si damos con él?
—Sí.
Se echaron al hombro las carabinas, llenaron de municiones sus bolsillos, y se internaron en el bosque, procurando no alejarse mucho de la costa.
Multitud de árboles arrancados por el viento interceptaban el camino y obligaban a los piratas a saltar y escalar troncos caídos, y a utilizar los kriss para cortar una cantidad de lianas que se les enredaban en las piernas y no los dejaban avanzar.
Hacia el mediodía, Sandokán se detuvo.
—Ya estamos cerca —dijo.
—¿Del río o de la quinta?