Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —Del rÃo. ¿No oyes el murmullo bajo esa bóveda de hojas?
—¿Será el que estamos buscando?
—No puedo equivocarme. He recorrido estos lugares.
—¡Pues vamos adelante!
Atravesaron a toda prisa el último trozo del bosque y diez minutos después encontraron un rÃo pequeño que desembocaba en una bahÃa rodeada de árboles enormes.
La casualidad los condujo al mismo sitio donde habÃan arribado los paraos de la primera expedición. En la orilla todavÃa habÃa pedazos de velas y de cordajes, cimitarras, hachas y montones de maderos.
—Allá reposan, fuera de la bahÃa, en el fondo del mar —dijo Sandokán con voz triste—. ¡Pobres muertos, que todavÃa no han sido vengados!
—¿Fue aquà adonde llegaste?
—AquÃ. Entonces yo era el invencible Tigre de la Malasia; entonces no tenÃa cadenas mi corazón. Me batà como un desesperado, llevé a mis hombres al abordaje poseÃdo de un furor salvaje. Pero me vencieron. ¡Qué momento más terrible, Yáñez! ¡Qué carnicerÃa! Todos murieron. Todos menos uno. ¡Yo!
—¿Lamentas esa derrota?
—No lo sé. ¡Sin la bala que me hirió acaso no habrÃa conocido a la muchacha de los cabellos de oro! Bajó a la playa. Se detuvo, y con los brazos extendidos señaló el sitio donde se efectuó el terrible abordaje.