Los Tigres de Mompracem

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—Los paraos están sepultados allí —dijo—. ¡Cuántos muertos contendrán todavía en sus despedazados cascos!

Se sentó en un tronco y quedó sumido en profundos y tristes pensamientos.

Yáñez se fue entre las peñas a buscar ostras. Encontró una tan gigantesca que apenas podía levantarla. Volvió junto a Sandokán, encendió fuego y la abrió.

—¡Vamos, hermano, deja en paz a los muertos y ven a probar esta exquisita ostra!

El almuerzo fue espléndido. La ostra contenía carne tierna y delicada, que calmó el apetito de los piratas. Terminada la comida, echaron a andar nuevamente. Durante algún tiempo siguieron su camino por la orilla derecha del riachuelo, y después entraron resueltamente por el medio de la floresta.

Caía la noche cuando Sandokán se detuvo ante una larga senda.

—Estamos cerca de la quinta —dijo con voz ahogada—. Este sendero conduce al parque.

—¡Qué suerte, hermano! —exclamó Yáñez—. ¡Sigue adelante, pero cuidado con cometer locuras!

Sandokán cargó la carabina y echó a andar por el sendero con tal rapidez que el portugués apenas podía seguirlo.

—¡Mariana! ¡Amor mío! —exclamaba el pirata—. ¡No tengas miedo, ya estoy cerca de ti!


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