Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem En ese momento habrÃa atacado a un regimiento entero por llegar pronto a la quinta. Nada le causaba miedo; la misma muerte no lo hubiera hecho retroceder.
Sólo temÃa llegar tarde y no encontrar a la mujer tan intensamente amada, y esto lo hacÃa correr más y más, olvidando la prudencia.
—¡Oye, loco del demonio! —gritaba Yáñez, que trotaba tras él—. ¡Espérame! ¡Párate, por mil cañonazos, o harás que reviente!
—¡A la quinta! ¡A la quinta! —respondÃa Sandokán. No se detuvo hasta llegar a la empalizada del parque, más bien por esperar a su compañero que por prudencia o cansancio.
—¡Uf! —exclamó el portugués—. ¿Tú crees que soy un caballo, para obligarme a correr de este modo? ¡La quinta no se escapará, te lo aseguro! Además, no sabes qué puede ocultarse detrás de esa empalizada.
—¡No temo a los ingleses!
—Ya lo sé, pero si te matan, no verás a tu Mariana.
—No puedo quedarme aquÃ. ¡Tengo que verla!
—¡Calma, hermanito! Obedéceme, o no lograrás lo que quieres.
Le hizo una seña para que se callara y trepó como un gato hasta lo alto de la cerca, mirando al parque con atención.