Los Tigres de Mompracem

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—Parece que no hay centinela —dijo—. ¡Entremos!

Se dejó caer al otro lado. Sandokán hizo lo mismo y ambos fueron internándose con cautela por el parque; se escondían detrás de los arbustos y de la maleza y en el fondo de los surcos, con la vista fija en la casa, que apenas se distinguía a través de las tinieblas.

Habían llegado a la distancia de un tiro de fusil cuando Sandokán se detuvo de pronto y empuñó la carabina.

—¡Deténte, Yáñez! —murmuró.

—¿Qué has visto?

—Soldados delante de la casa.

—¡Se enreda la madeja! —dijo el portugués—. ¿Qué hacemos?

—Si hay soldados, es señal que Mariana está ahí todavía.

—Eso creo yo también.

—Entonces, ¡ataquemos!

—¿Estás loco? ¿Quieres que te fusilen? Nosotros somos dos y ellos veinte o treinta.

—¡Pero es necesario que la vea! —exclamó Sandokán con ojos desorbitados.

—Cálmate, cálmate —dijo Yáñez, cogiéndolo fuertemente por un brazo para impedirle hacer cualquier locura—. Cálmate y después la verás.

—¿Cómo?


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