Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —Esperemos a que sea más tarde.
—¿Y después?
—Tengo un plan. Échate ahà cerca, refrena los Ãmpetus de tu corazón, y no tendrás de qué arrepentirte.
—Pero, ¿y los soldados?
—¡Por Neptuno! ¡Supongo que se irán a dormir!
—Tienes razón. Esperaré.
Se tendieron detrás de un espeso matorral de arbustos y maleza, pero de modo que pudieran vigilar a los soldados, y esperaron el momento oportuno para poner en práctica los deseos de Sandokán.
Pasaron cuatro horas, largas como siglos para el Tigre, hasta que por fin entraron los soldados a la casa y cerraron con estrépito la puerta.
El Tigre hizo ademán de echarse adelante, pero el portugués lo contuvo en seguida y le dijo, mirándolo fijamente:
—Dime, Sandokán, ¿qué quieres hacer esta noche?
—¡Verla!
—¿Crees que es fácil? ¿Encontraste el medio de hacerlo?
—No, pero...
—¿Sabe ella que estás aqu�
—No.
—Entonces es preciso llamarla.
—SÃ.