Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —Y saldrán los soldados, porque no creo que sean sordos, y la emprenderán a tiros contra nosotros. Sandokán no contestó.
—Ya ves, mi pobre amigo, que esta noche no puedes hacer nada.
—¡Puedo trepar hasta su ventana!
—¿No viste a un soldado emboscado cerca del pabellón?
—¿Un soldado?
—SÃ, desde aquà se ve brillar el cañón de su carabina.
—Entonces, ¿qué me aconsejas que haga?
—¿Sabes qué parte del parque frecuenta Mariana?
—Todos los dÃas iba a bordar al kiosco chino.
—¡Muy bien! ¿Dónde está el kiosco?
—Muy cerca.
—Llévame a él. Es preciso advertirle que estamos aquÃ.
Por una vÃa lateral llegaron al kiosco. Era un lindo pabelloncito pintado de vivos colores que terminaba en una especie de cúpula de metal dorado, erizada de puntas y de dragones giratorios.
En derredor habÃa un bosquecillo de lilas y de grandes rosales de fuerte aroma.
Yáñez y Sandokán, con las carabinas dispuestas por si habÃa alguien dentro, se acercaron y entraron.
No habÃa nadie.