Los Tigres de Mompracem

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Yáñez encendió un fósforo y sobre una mesa vio un cesto que contenía trozos de telas, hilos y sedas, y a su lado, una mandolina.

—¿Son suyos estos objetos? —preguntó.

—Sí —contestó Sandokán con infinita ternura—. ¡Aquí me juró amarme por la eternidad!

Yáñez encontró una hoja de papel y, mientras Sandokán lo alumbraba con un fósforo, escribió lo siguiente: "Desembarcamos ayer durante el huracán. Mañana a medianoche estaremos bajo su ventana. Tenga una cuerda para ayudar a Sandokán a escalar la pared. Yáñez de Gomera".

—Supongo que conocerá mi nombre —dijo.

—¡Sabe que eres mi mejor amigo! —respondió Sandokán.

Yáñez plegó el papel y lo puso en la cesta de modo que pudiera verlo enseguida, mientras Sandokán arrancaba unas rosas y cubría con ellas el mensaje.

Los dos piratas se miraron a la lívida luz de un relámpago. Uno estaba tranquilo; al otro lo agitaba una emoción indescriptible.

—¡Vámonos, Sandokán!

—¡Ya te sigo! —contestó el Tigre de la Malasia. Cinco minutos después volvían a saltar la cerca del parque y se internaban en el tenebroso bosque.


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