Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —¿Y si quieren ver también la estufa?
—No nos dejaremos prender tan fácilmente, Yáñez. Tenemos armas y podrÃamos sostener un asedio.
—¡Y muertos de hambre! Porque supongo que no te contentarás con comer cenizas. Además las paredes de nuestra fortaleza no me parecen muy sólidas. Con un buen empujón se vendrÃan al suelo.
—Antes nos lanzaremos al ataque. ¡Silencio! Oigo voces cercanas. Ten dispuesta la carabina.
Afuera se oÃa hablar a varias personas que se acercaban. CrujÃan las hojas y las piedrecillas del camino rodaban bajo los pies de los soldados.
Sandokán abrió con precaución la portezuela para mirar afuera. Contó seis soldados, a quienes precedÃan dos negros.
—¡Ya vienen! —dijo a su compañero cerrando la puerta—. ¡Estemos prontos para lanzarnos sobre esos importunos!
—Tengo el dedo puesto en el gatillo de mi carabina.
—¡Desenvaina también el kriss!
Entraron los soldados al invernadero, iluminándolo completamente. Registraron todos los rincones.
—¿Se habrá echado a volar ese condenado pirata? —dijo una voz.
—¿O habrá desaparecido bajo tierra? —dijo otro soldado.