Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem —Qué importa, después nos lavaremos.
—¡Pero, Sandokán!
—Si no quieres venir, te las arreglarás con los ingleses. No hay mucho donde escoger: o te metes en la estufa o te prenden.
—Bueno, vamos a visitar nuestro nuevo domicilio para ver si, al menos, es cómodo.
Abrió la portezuela de hierro, encendió otro pedazo de yesca y entró en la inmensa estufa, estornudando con sonoridad. Sandokán lo siguió sin vacilar.
El sitio era bastante amplio, pero habÃa una gran cantidad de cenizas y carbones. Los dos piratas podÃan estar de pie cómodamente.
El portugués, que no perdÃa nunca su buen humor, se echó a reÃr con más fuerza, no obstante lo peligroso de la situación que enfrentaban.
—¿Quién habrÃa imaginado que el terrible Tigre de la Malasia viniera a esconderse aquÃ? —dijo, muerto de la risa—. ¡Por mil truenos! ¡Estoy seguro de que no nos pasarán lista!
—No hables tan alto, hermano —dijo Sandokán—. Pueden oÃrnos.
—¡TodavÃa han de estar muy lejos!
—No tanto como crees. Antes de entrar al invernadero vi a dos soldados.
—¿Vendrán a visitar este sitio?
—Seguramente.