Los Tigres de Mompracem
Los Tigres de Mompracem Sandokán obligó a su compañero a atravesar una parte del parque, y lo guió hasta una pequeña construcción de un solo piso que servía de invernadero de flores, situado a unos quinientos pasos de la casa de lord Guillonk. Abrió la puerta sin hacer ruido y avanzó a tientas. —¿Dónde estamos? —preguntó Yáñez. —Enciende un pedazo de yesca.
—¿No verán luz desde fuera?
—No hay peligro.
La estancia estaba repleta de enormes tiestos llenos de plantas que exhalaban delicados perfumes, y amoblada con sillas y mesitas de bambú muy ligeras. En el extremo opuesto el portugués vio una estufa de dimensiones gigantescas, capaz de contener media docena de personas.
—¿Y es aquí donde vamos a escondernos? —preguntó—. Caramba, este sitio no me parece muy seguro.
Los soldados no dejarán de venir a explorarlo, pensando en el dinero prometido por tu captura.
—No te digo que no vengan.
—Entonces nos prenderán.
—Pero no se les ocurrirá buscarnos dentro de una estufa.
Yáñez no pudo refrenar una carcajada.
—¿En esa estufa?
—Sí; nos esconderemos ahí dentro.
—¡Pero, hermanito, quedaremos más negros que los africanos!